Cuando era niña, la
primera noticia que tenía de que había llegado la primavera era mi cumpleaños y
esas pequeñas margaritas que crecían en el césped. Me sentía feliz arrancando
sólo una. La verdad es que no arrancaba más porque me daba pena matarlas pero
es única era una concesión que me hacia. Luego venían los primeros helados de
los Italianos. Todo un ceremonial para los niños de mi época, en la que ser la
primera en probarlos, se convertía en un honor.
Las fantásticas cigüeñas poblaban las torres más altas y
verlas sobrevolar el poco cielo, que entonces tenía la ciudad, era una experiencia
única
Con el tiempo me fui a vivir por motivos laborales al
Pirineo y la llegada de las golondrinas
era un grito de esperanza hacia el buen tiempo.
Las golondrinas siempre me ha traído a la mente el cuento de Happy Prince y he de reconocer que son algo nostálgicas y
siguiendo al hilo de lo literario, Bécquer también ha contribuido a hacerlas románticas.
Recuerdo que tenía a mis pequeños alumnos inquietos buscando
ver la primera, para gritar:” ¡Ya están, ya las he visto!¡ Las golondrinas, las
golondrinas! ¡Ya está aquí la primavera!
Entonces los mayores del pueblo me contaron que así se
llamaban a las chicas que en el invierno
marchaban a trabajar a Francia y volvían con la primavera para ayudar en la
labranza.
¡Qué bonito nombre para esas trabajadoras! Supongo que
alguna de ellas también se acercaría a Zaragoza a trabajar de criada, pero
seguramente no regresaría a su añorado pueblo nunca más.
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